Mein Kasse, obra cúspide de la gastronomía nazi, ha sido reeditada en España por Ediciones El Castellano Sequerón
Acabo de leer un artículo de La Vanguardia (Cultura/s) sobre Leo Strauss, discípulo aventajado de Carl Schmitt, el hombre que reveló las carencias de Weimar para un canciller con ansias de mandato infinito: Hitler.
Al parecer, Strauss, concibió un mundo lleno de regalos para los listos y de esperanza para los tontos. Las esperanzas de los tontos radican en esperar que alguien haga algo por ellos. Y los listos se encargan de engañar (sin tapujos, al descubierto) a esos millones de tontos que quieren esperar.
Parece ser que han acabado con la cultura a nivel de masas porque podría conllevar alguna que otra incorporación de tontos al seno de los listos y, para que nunca lleguen a desear esa cultura, les afianza en uno de los principios de Schmitt: el “nosotros” y el “los otros”. Si Schmitt pensaba en un nivel de pensamiento puramente político: los liberales y los sociales, Strauss se carga esta premisa y la sustituye por algo inteligible: la religión que no es nuestra, el AVE que no es nuestro... y simplifica.
He visto estos días en el Metro (espero en breve no volver a pisar uno en meses o años), mucha gente leyendo la bazofia del queso (“¿Quién me ha robado mi queso?”) y me he visto perseguido por zombies de estos que no saben interpretar nada más que lo tontos que son y lo bueno que es que los demás piensen por ti.
Me duele, nihil obstat, y en pos de un mundo mejor, creo que está bien. Que debemos ser más tontos, dejar de pensar y ser explotados vilmente. Nos lo merecemos. Y es más, creo que debo ser uno de esos privilegiados y sacrificarme por los demás, escribiendo para ellos y pensando en su lugar: los petrodólares me esperan, pequeños lechones. Ahí sus quedáis.