Tumbado a la bartola en el Museo de Arte Ecuestre de Chipiona, el finado presidente palestino, Yasir Arafat, nos recibe con su habitual sonrisa, ventilándose un emparedado de paté con mortadela untada con chorrillos de morteruelo. A pesar de estar muerto, no lleva minifalda y rebosa buen humor y verbigracia por los cuatro costados de su circunferencia anatómica forense.
Pocamadre: Buenas tardes, Don Yasir. Ahora que ha pasado usted a mejor vida, díganos, ¿qué diferencia existe entre el coma profundo y el punto y final?
Yasir Arafat: En el coma, se halla uno suspendido en el aire, in media res, como un puente colgante o una piñata de fiesta mayor. En cambio, el punto final le afianza a uno en la Historia, le hace sentirse bien consigo mismo, es como si dijera: “Ya estoy aquí porque he llegao”.
PM: ¿Y estando muerto ya puede usted jalar tocino embutido como esa mortadela tudelana?
YA: Tras el rigor mortis, lo material ya no importa. El cuerpo viene a quedar reducido a una suerte de cascarón y lo único que trasciende es el huevo interior, oséase, el alma. Ahora, yo hago como que como fiambre de puerco, pero en realidad tal acción se reduce a un trampantojo fantasmal. Lo que usted ve no soy yo, sino una proyección ectoplasmática de mi ego público anterior.
PM: Como se complica la vida de los muertos, oiga. Además, su defunción ha levantado amplias sospechas. ¿Sería tan amable de contarnos cuál ha sido la causa final y específica de su fallecimiento?
YA: Una trucha.
PM: ¿Pescado en mal estado? ¡No me diga!
YA: ¿Quién ha dicho que estuviera en mal estado? Una trucha de primera, alimentada con la flor y nata del pienso y el marisco de agua dulce. ¡Peeeeetrrr!
PM: Aún siendo un fantasma no pierde usted la noble costumbre de ventosear, Don Yasir. Pero, a pesar de apreciar el fino aroma afrutado de sus gases, soy totalmente incapaz de entender que un pez de río le haya quitado la vida.
YA: Se lo explico, se lo explico... Verá, mi esposa quiso invitar a casa a tres de sus tías. Para agasajarlas debidamente, decidió comprar una trucha de cinco quilos. Pero sabrá usted que la trucha es una animal impuro y, por lo tanto, necesita purgarse en aguas límpidas y sacramentales del río Jordán.
PM: No lo sabía, no. Que interesante...
YA: De modo que se trajo la trucha a casa y la metió en mi bañera favorita para purificarla durante nueve días con sus respectivas noches.
PM: ¿Y...?
YA: Yo protesté firmemente. “¡En casa tenemos nueve cuartos de baño, todos con grifería de oro y yakuzzi de finos metales y cerámicas relucientes! ¿Por qué has tenido que meterla en mi bañadera favorita?”.
PM: ¿Y qué le respondía ella?
YA: Para disimular, fingía sentirse como Napoleón: afirmba que me prefería poco aseado porque el aroma cromático de mi cuerpo encendía sus fulgores interiores. Todo era mentira, no me tocaba ni un pelo.
PM: Y eso a usted lo encolerizaba.
YA: Ni mucho menos, yo soy asexual. Siempre quise ser una mesa camilla, por eso llevo este pañuelo a cuadros que le sirve de mantel a mi mollera. Los primeros tres días aguanté lo de la trucha, sólo me metía en el baño a partir de las siete de la noche, cuando el pez dormía. Pero, mientras hacía aguas mayores leyendo “La Voz de Ramala”, se me iba calentando la sangre. Y el cuarto día ya no pude resistir más.
PM: Se le puso la sangre mala y le dio el soponcio.
Suha Arafat, ¡Menuda rubia!
YA: No, cogí una lata de espárragos vacía –que precísamente me había obsequiado Su majestad el Rey de España- y degollé a la trucha. La envolví en las hojas del diario y la metí en uno de los trece frigoríficos de la vivienda. Por fin pude lavarme los apergaminados bajos con fruición. PM: Todo esto está muy bien, excelencia, pero de momento el único que ha muerto es la trucha.
YA: Paciencia, buen hombre. Cuando mi esposa descubrió al bicho en la nevera, pilló tal rabieta que rellenó cuatro buñuelos de viento con matarratas. Y ya sabrá usted que los buñuelos de viento constituyen la base nutricional de mi desayuno. ¡Peeeeetrrr!
PM: ¿Y los médicos franceses no han detectado el veneno en su organismo?
YA: Sí, pero mi esposa puede llegar a ser muy convincente. Los invitó a cenar filete de trucha con alcachofas gratinadas. Con esa delicia ha sellado sus labios.
PM: La gastronomía siempre fue el punto débil de esos gabachos. Y ahora, ¿qué va a ocurrir con el futuro del Pueblo Palestino? Se dice que su esposa tiene acceso directo a la cuenta corriente que acumula las ganancias de las retribuciones aduaneras.
YA: Yo no he robado nada. ¡Peeeeetrrr!
PM: Al menos se hallará ya rodeado de esas vírgenes sagradas de las que habla el Gran Libro.
YA: ¿Dios es Grande y me ha bendecido con la presencia de otros tantos jovencitos vírgenes y mártires! ¡¡¡Seré su mesa camilla por toda la eternidad!!!
YA: No se preocupe, mi esposa está liada con Ariel Sharon, ellos serán la Isabel y el Fernando del Medio Oriente. ¿Tanto monta, monta tanto! ¡Peeeeetrrr!
PM: ¿Está anunciando la anexión de Israel y Palestina?
YA: Cómo Dios manda y, si nos apetece, conquistaremos Egipto.